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Pepemillas La Locomotora de Moratalaz

Mi tío Pepe, o el origen de una afición

Mi tío Pepe, o el origen de una afición
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Digamos que hablar a estas alturas de lo que me gusta todo cuanto trate de los astros, el cielo en la noche, la noche en sí misma, la luna en todas sus combinaciones habidas y por haber; así como todo cuanto tenga sabor marinero, sería algo harto conocido por unos cuantos amigos. Pero no, en esta ocasión vengo a contar algo que incluso ellos ignoran.


Muchas han sido las veces en que me he preguntado de dónde me viene a mí la pasión que tengo por el mar. Porque sin duda, es pasión. Pasión debe ser lo que se siente cuando se le cae a uno la baba por algo. Y la baba es lo que a mi se me cae cuando contemplo la silueta de un velero por ejemplo. Recreo mi vista en todos y cada uno de sus mástiles, en cada una de sus velas hinchadas al viento, me embelesa ver la cresta plateada del mar partido en dos por la proa, y las olas más bravías que se rinden al paso de la quilla de un buque con aires de no detenerse ante nada.


Pido perdón por el símil pero también se me cae la baba al sentir en mi rostro el ímpetu de la brisa que silba al sortear los mástiles. Y qué no decir cuando siento crujir bajo mis pies, el maderamen de la cubierta. O cuando percibo en mis labios el sabor salino del agua del mar que se desgrana al embestir los costados de la embarcación. Todo esto siento al contemplar la imagen de un velero. Sea en vivo, en fotografía, en pintura o en una figura de metal forjado. Todo en esta vida tiene un por qué y días atrás, me dio por pensar desde cuando me viene esto. ¿De que me viene a mí esta pasión? Soy de secano, de interior. Pero por alguna parte tiene que estar el origen de todo esto.


Puede ser que suene irreverente, pero es para pensar si no será que en una vida anterior tal vez haya sido uno de esos marinos intrépidos que hace siglos partían del puerto en un vetusto velero. Que partían en pos de una aventura y siempre con la incertidumbre de si volverían a casa o a pisar tierra firme, allá donde les llevaran los vientos, esos vientos siempre inciertos e imprevisibles.


¿O seré simplemente un navegante frustrado? Alguien que debió hacer más caso a la llamada de una vocación que no supo escuchar atentamente. ¿Será eso lo que soy? Tal vez. ¿Quién lo sabe?. El caso es que, como digo, hace poco me dio por buscar el origen de esto y no me ha costado encontrarlo. Hay un origen que se me antoja claro y meridiano. Puesto a bucear en los recuerdos, he llegado a mi más tierna infancia.


Paso a contaros...



Pepemillas.

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