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Pepemillas La Locomotora de Moratalaz

Ella, me ha hablado

<font size=4>Ella, me ha hablado</font> Ella, siempre me miró altiva y desafiante. Por encima del hombro, Con desdén, a pesar de su evidente falta de estatura. Con aires de suficiencia insultante.


A pesar de eso, hace unos días, me decidí a tocarle levemente en el hombro y tras un leve tanteo, me subí a su chepa sin el menor titubeo. Ella, sorprendida, me miró a la cara y me dijo una verdad que me sorprendió. Fue la sorpresa de mi vida. Jamás me había hablado como lo hizo en ese instante. Me quedé boquiabierto. Ojiplático como se dice ahora. Me bajé asustado.


-“Anda, vuelve a subirte, si no te crees lo que te acabo de decir…” – me dijo desafiante con sus fríos ojos -.


Lejos de hacerlo, me fui cabizbajo de la instancia. Me alejé asustado. El eco de mis pisadas no lograba acallar sus carcajadas…
Tardé en reaccionar. Me fui repitiendo hasta la saciedad a modo de monótona cantinela, lo que ella me acababa de decir.


- ¡No puede ser…! – me repetía a mí mismo sin consuelo -.


Tras unos minutos para recuperarme del susto. Regresé. Empujé la puerta con un dedo. Despacio. Intentando no hacer ruido. A pesar de ello, esta vez no la pille por sorpresa. Me esperaba sonriente. Burlona, se podría decir.


- “Anda, sube…” – me retó -. Sube si te atreves…”


Y vaya que si lo hice. Sólo unos segundos me llevó decidirme. Subí. Y volvió a decirme lo mismo que antes.


- “Pesas 65 kilos 600 gramos.”


No, mi báscula de baño no mentía. Me estaba diciendo que había batido el record de mi vida en lo que a peso se refiere. Jamás he pesado más de 60 ó 61 kilos. 62 ó 63 como mucho en época de vacaciones o descanso. Pero nunca más de eso.


Uno, contra lo que se pueda pensar por mi constitución (mido 1,80), como por dos. Soy de buen yantar y de nada me privo. Me gusta tanto el tocino de un buen cocido, como la grasa de unas buenas chuletas que casi todo el mundo rechaza. Goloso por naturaleza que no le hace ascos a media docena de bocaditos de nata, ni a un buen lote de polvorones en Navidad. Que no desprecio el aceitito de unas buenas sardinas en espeto, ni la de un buen filete de vaca. A nada le hago ascos pensando que “voy a engordar”, porque no engordo por mucho empeño que ponga en la empresa.


Siempre me he permitido cosas que asustarían a cualquiera que vigila su peso con una regla milimetrada en una mano, y una lupa en la otra... Siempre… Y ahora resulta que peso lo que no he pesado en mi vida, ni jamás soñé llegar a pesar.


Lo peor de todo es que no sé cómo lo he hecho. Más que nada, porque me ilusiona mantener ese peso. Sí, sí, no miento. Si algo me ha ilusionado siempre, ha sido alcanzar un peso de unos 70 kilos, que creo que es lo que debería pesar. Más, tal vez no. Pero 70 estarían bien.


Me resigno pensando que esto será pasajero. Que en cuanto regrese a una rutina normal y cotidiana, todo volverá a sus cauces habituales. Pero de momento, aquí estoy, rozando los… ¡¡66 kilos de peso!!


No, mi báscula de baño no miente.


Pepemillas..........¡¡¡SIEMPRE HACIA DELANTE!!!
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4 comentarios

Pepemillas -

¡¡Jajaja... Hilario!! Caramba, aunque de vez en cuando cojas un poquillo de peso, tampoco pasa nada. ¡¡Mientras no cojas el equivalente a esa lata de pintura de la que hablabas, todo va bien!! ¿No te parece?
No, ya lo sé. No creo que estás por esa labor.

Un abrazo.

Hilario -

Yo creo que nunca pesé 65 Kgs Pepe, ni cuando nací. Ahora estoy contentísimo con mis 84 kgs y 1,76 y no como nada de nada. Me peso todos los días y estoy adelgazando.
Que suerte tienes y que envidia poder comer a placer.

Un abrazo campeón.
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Pepemillas -

¡¡Hombre, Santi!! ¡¡Cuánto bueno verte por aquí!!
¿Sabes? Yo también pesaba eso. Lo malo es que ya llevo casi 20 años casado.
Muy agudo, amigo.
Un abrazo

Santi Palillo -

Eso pesaba yo cuando me casé y ahora ¡uf!, ni lo digo.
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