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Pepemillas La Locomotora de Moratalaz

Un poema con los renglones torcidos

<b><font size=4>Un poema con los renglones torcidos</font></b>

Un poema con los renglones torcidos. Un Cristo. Un globo a punto de estallar. Una cosa. Una masa indefinida al final de la pierna. Y no sé qué más. No sé cómo o con qué más compararlo, pero eso es lo que era mi pie al terminar de trabajar el Domingo pasado por la mañana. Tal era su aspecto.


Y a juego con él, mi cara. Pocos eran los que me preguntaban al entrar por la mañana que me preguntaron cómo estaba. Con verme la cara ya tenían la respuesta dada.
Y el Sábado igual. Y el Viernes, y el Jueves, y el Miércoles, y... así todos los santos días hasta llegar al Sábado anterior en que por imperativo legal y facultativo empecé a trabajar. Pero aguanté como un jabato. Menudo soy yo para aguantar lo que sea… Excesivamente cabezón, tal vez.


Esto, si hubiera sido en día de diario hubiera sido más fácil de entender puesto que estés en el puesto que estés, no paras, pero el fin de semana no tiene sentido que el pie se pusiera así. Salvo para hacer las rondas - que ni siquiera hice, porque mi jefe no me dejó, que las hizo él por mí -, salvo eso, estás todo el día sentado. En mi caso la noche puesto que trabajé de noche.
Al amanecer, y aparecer el relevo de la mañana no tenía inflamado sólo el pie y el tobillo hasta una buena altura, sino que también tenía hinchada la pierna hasta la rodilla. Eso, y el color que presentaba el pie, me decidieron a ir a Urgencias del Gregorio Marañón.


Horas y horas de espera, con cambio de turno por medio incluido en que todo se pone patas arriba y nadie da pie con bola. Exploración del pie. El pie sudando y dándome cornadas constantes y cadenciosas. Nueva sesión de radiografías. Más horas de espera.
Al verlas, tampoco encuentran nada que sugiera infección alguna en el pie. Analítica competa de sangre para terminar de descartarla. Más horas de espera. No encuentran ni rastro de la infección al ver los resultados, pero me empiezan a sugerir una posible infección ósea. La verdad es que nada en todo esto me hace gracia, pero oír eso, menos.
Traducido a tiempo, esto fueron más de siete horas del Domingo que se escaparon como agua, con mi mujer conmigo y mis hijas solas en casa.


Poco, a medida que iba habiendo alguna novedad, se la hacía saber a mi mujer que estaba en la sala de espera, por medio de SMS.


Me hacen el informe y me remiten al Traumatólogo que me operó, haciendo especial hincapié en que me reciba él y no otro. Ese es otro capítulo de toda esta cadena de despropósitos. Ahora paso a explicarlo.

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