

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Trotando en 2008.

¡Qué gusto poder volver de nuevo por los fueros de antaño!
Qué gusto dejar enterrados en el pasado tanta amargura y
tanto sinsabor. Tanta envidia como despertaba en mí ver
a alguien haciendo ejercicio en el carril bici de mi barrio
- Moratalaz -, ya fuera trotando, en bici o simplemente andando.
Siempre con la cuenta atrás permanentemente en la cabeza
sin saber dónde estaba el final de esa cuenta atrás...
Pero eso ya es pasado. Ahora soy yo el que está ahí, en la pomada.
Y cada día mejor. Con más de tres meses consecutivos a mis
espaldas y la salud y el físico respetándome. Espero seguir
así por mucho tiempo.

Aunque no he podido hacer nada esta semana
salvo trabajar y trabajar, y soltar un poco las
piernas al día siguiente de la carrera, hoy que
libro espero poder hacer algo y seguir saboreando
la gozada que fue correr en San Lorenzo la semana pasada.
Con un tiempo mediocre tirando a pésimo de 1:06:11,
fueron muchas las cosas que me dejaron el alma tranquila.
La carrera era más dura que la de San Antonio. Y más
larga creo que también. Y aunque no fui capaz de
dar más de mí, recorté casi un minutillo al tiempo
de la de San Antonio.
De la propia carrera me quedo con la satisfacción de
no haberme tenido que parar ni una vez de principio
a fin. Ni siquiera la cuesta de San Vicente pudo con mi
moral.
Terminé escoltando a los Garabitas que son los que
tradicionalmente cierran esta carrera. Me adelantaron
dos veces en los últimos tres kilómetros.
Sé que puedo dar más de mí, hay algo dentro de mí
que en algún momento saldrá y no me rendiré en el
intento de encontrarlo. Como siempre he dicho, amo
este deporte.
Y sin duda, lo mejor vino después de la carrera. La tertulia
cervecera con los conocidos y no conocidos entre los que
destaco a Emilio - Garabitas -, que con 63 años quedó
2º de Superveteranos con un tiempo de 44 minutos.
Hablé extensamente con él y me enseñó muchas cosas que
me dejaron admirado. Creo que tengo un nuevo icono en esto
del correr al que admirar.
Los consejos que me dio, fruto de su experiencia, me los guardo
como oro en paño. Espero sacar fruto de ellos algún día.
Ahora a pensar en la siguiente que será probablemente la
de La Melonera. Es la que más me atrae en este momento.

Ayer rematé el entreno de esta semana previo a la carrera
del próximo Domingo, la de San Lorenzo.
El resultado no ha podido ser más satisfactorio. Terminé
perdiéndole el respeto a la cuesta que hay detrás del
Polideportivo de Moratalaz. Es esa cuesta por la que pasan
los kilómetros 4 y 13 del recorrido de la Media de Moratalaz.
Unos 500 metros de cuesta.
Hice tres repeticiones para subir esa cuesta a paso muy
tranquilo de unos 3'15" cada una de ellas. Me encontré
fenomenal. Más fuerte y más entero de lo que esperaba al
terminar la sesión. El resto de la semana ha sido de tres
sesiones de rodajes suaves de 20 minutos cada una.
Ahora sí. Creo que ahora sí que estoy preparado para
correr la de San Lorenzo. Lo que siento ahora y tal como
sentí ayer las piernas, no lo sentí antes de correr
la de San Antonio de la Florida. Me veo mucho mejor
y con mucha más moral. En resúmen, más optimista.
Esto y con el añadido de enterarme que el recorrido
se ha recortado rondando los 10 K. me da esperanzas
de hacerlo mejor que en San Antonio de la Florida.
La realidad dictará sentencia, pero en principio me
veo mucho mejor, que no es poco.
Vestiré los colores del GGM. Iré de rojo con la equipa
ción con la que hace más de dos años corrí el
II Trofeo Ekiden de San Sebastián de los Reyes.
Eso tambié me motivará sin duda.
... el placer de correr por correr.
Mañana me toca probar el sabor de una nueva ración del
Este Blog permanecerá cerrado por VACACIONES
Sí Señor, corrí de nuevo en una carrera oficial,
Domingo 15 de Junio de 2008
La mañana se presentaba cubierta. Un buen annuncio para mi gusto
de que iba a ser una carrera sin la solana que tanto temo y tanto
me aplatana. Aunque algo bochornosa, eso sí.
Llegada al lugar de los hechos más que justa de tiempo. Se me
complicó la salida de casa. Se me pegaron las sábanas más de
lo deseado. Llegar, recoger el chip y entregar la mochila fue
todo uno. Sin apenas haber calentado más que lo que corrí desde
la boca del Metro, cuando apenas faltaban unos minutos para dar
la salida, recibí el saludo matutino de quien llevaba un buen
rato buscando: Bebeto. Se me abrió el cielo al verles a él y a
José Luis. Ya daba por hecho que tendría que correr sólo.
Quedé con ellos a las 09.30 y no cumplí.
Desde el primer minuto, ya me dieron consejos para allanar los
nervios previos. También alivió la tensión encontrar por allí
antes de la salida a Marcos, Micenas y Piedad.
Aviso previo a la salida. Me preguntan Bebeto y José Luis que
qué marca tengo en 10.000. Yo que no he hecho ninguno, les comento
que en 5.000 empleo 30 minutos raspados. ¡Y eso acordándome
del 5.000 que hice en el Ekiden hace dos años!
Desde que empecé a correr el 27 de Abril de este año,mi entrenamiento
más largo había sido de 4.000. Eso no lo sabían ellos.
Aunque quisiera ver esta carrera como un entreno, mucho me iba a
costar quitarme el miedo de encima.
Y ya que de miedo hablo, mi mayor miedo esa mañana era la maldita
cuesta que subía a la Glorieta del Maestro. Entre 600 y 700
metros cuesta arriba tiene la "amiga". Cometí el error de ir
predispuesto a pasarlo mal en ese tramo las dos veces que
ibamos a tener que pasar por él. Y eso, no debe hacerse.
De esto sólo se da uno cuenta a toro pasado, pero así es.
Lo recalco: ESO NO DEBE HACERSE.
Normalmente soy más positivo que negativo en todo lo que hago
en mi vida. Procuro ver siempre el lado bueno de las cosas.
Mi botella siempre está medio llena, nunca medio vacía.
Pero ese día... ese día reconozco que me porté muy mal.
Me mentalicé muy mal.
Dios y ayuda les costó a José Luis y a Bebeto llevarme hasta
donde me llevaron con sus consignas positivas.
Lo primero que hice antes de empezar la carrera fue cumplir con la
promesa que había hecho semanas antes. Dije que llevaría a Najat Tijani
conmigo, y así fue. La llevaba en forma de lazo azul celeste que me
coloqué en el hombro izquierdo de mi camiseta. Ahí fue conmigo
durante toda la carrera.
Llegó el momento de la verdad…
Se oyó un aviso para ir colocándose en la línea de salida. Tragar saliva
y aumentar los nervios fue todo uno. Un vistazo al pilsómetro me hizo decirle
a Bebeto: “Mira, todavía no hemos empezado y ya estoy a 100” Más de 100
indicaba mi pulsómetro.
Pistoletazo y caminando hasta el arco de salida por la aglomeración. Poco después
del arco, ya se podía decir que habíamos empezado a correr.
Hasta el kilómetro 4 todo muy bien. Con un primer kilómetro en 5:41 que no
dejó de sorprenderme, pero que había que achacar a la fogosidad del inicio de
la carrera. Sabía que poco a poco aquello no tardaría en ir en aumento de forma
irremediable hasta establecerse en mis tiempos de entre 6 y 7 minutos.
Justo en el kilómetro 4 empezaba la primera subida de la cuesta que llevaba
a la Glorieta del Maestro. Tal como la esperaba, tremenda para mis piernas.
No estuvo mal en lo que al crono se refiere: 6:19. Pero en cuanto a sensaciones,
terminé tan mal ese kilómetro, que me salté el control del kilómetro cinco.
se me pasó apretar el parcial en el crono. Hasta el kilómetro 6 no me di cuenta.
El alivio que encontré al allanarse el terreno e incluso descender para tomar
la recta del Pº de la Florida y la prolongación con Avda. de Valladolid, me
hizo recobrar las esperanzas de terminar más o menos bien.
Nada más pasar ese apuro, ese obstáculo, lo primero que hicieron José Luis y
Bebeto fue preocuparse de conseguirme agua en uno de los avituallamientos.
No me dejaron ni acercarme. Cogieron un par de botellas, tomé unos tragos
de una de ellas para enjuagarme la boca solamente y echarme algo por encima
de la cabeza. No estoy acostumbrado a beber corriendo y sé lo que me puede
pasar. La cosa puede terminar en vomitona. Me deshice de la botella y José
Luis se encargó de llevarme la otra para cuando me hiciera falta.
Y volviendo a lo de las esperanzas…
Pero sólo era un espejismo. Pasado el Klm 6, la fatiga se estaba empezando
a apoderar de mis piernas. Bebeto y José Luis de vez en cuando me preguntaban
cómo iban mis pulsaciones. Yo les iba diciendo: “145”, “140”, “150”… Creo
que a partir del kilómetro 6 ó 7 ya sólo era capaz de decir “40”, “45”… No era
capaz de hablar mucho más. Había que ahorrar energías.
Nunca he sido de hablar mucho corriendo. No suelo ir tan sobrado como para
esos lujos que otros pueden permitirse.
A la altura del K 6 estuve mucho tiempo sin hablar y tratando de recuperar
un aliento que no sabía dónde se me había quedado. Entonces Bebeto me
preguntó: “¿En qué piensas?” Mi sinceridad no podía ser más rotunda: “En los
4 kilómetros que quedan”. Me contestó: “Ese pensamiento no es bueno. Fuera
con él. Piensa en los 6 que ya llevas hechos, Ahora no quedan cuatro, queda el
7, y después el 8… y la meta a un paseo” Algo así me dijo. Y tenía razón.
Pero la idea de que se acercaba el suplicio de tener que subir de nuevo aquella
maldita cuesta podía más.
Y llegó el K 8. Nuevo remojón para quitarme los malos pensamientos. Se terminaba
la Avda. de Valladolid. Se terminaba la buena vida. José luis ya no sabía cómo
infundirme ánimos para no desfallecer. Acabábamos de rebasar a alguien y no
se le ocurrió otra cosa que decirme: “¿Quién te iba a decir que después de
8 kilómetros de carrera ibas a adelantar a alguien? ¿Eh?” No pude por menos que
sonreir. “¡Vamos! Pero si esto no es adelantar… Prácticamente estoy andando”
Y era verdad. “De andando, nada. Has adelantado a alguien y punto. Objetivamente
es así.” Me contestó Bebeto.
Giramos al final de la llana Avda. de Valladolid. Empezaba la cuesta maldita.
Con qué miedos la afronté esta vez. ¡Qué mal iba! “Vamos, levanta esa cabeza” me
decía Bebeto. “Tranquilo, que llegamos al 9 y esto ya se acaba. Ya está hecho”.
Y era verdad, pero yo no era capaz de verlo. No se puede subir una cuesta como
Esa con la mentalidad tan negativa que yo llevaba encima. Y sabiendo además
que estábamos a punto de entrar en el último kilómetro.
“¡Vamos, que esto no es nada! La de cuestas más duras que esta que habrás
hecho tú en tu barrio…” me decía Bebeto. Y una vez más tenía razón. Pero la
realidad era que para llegar al K 9 había empleado 7:45. Estaba a punto de sucumbir.
No sé las veces que me tuvieron que oir decir: “No puedo”. No lo sé, pero
cada vez que esas palabras se escapaban de mis labios, ellos me decían “¡Sí puedes!
¡Sí puedes!” Y yo no sé de dónde sacaba fuerzas ya, pero seguía luchando contra
la idea de abandonar. El cuerpo, las piernas me pedían echarme a un lado y dejarles
marchar. No lo estaba pasando bien.
Aunque con menos desnivel, había que seguir subiendo hasta la Glorieta de la fuente
Para dar la vuelta y terminar la carrera bajando. Pero eso que no parecía nada, y
que en realidad no era nada, apenas 500 metros, pudo conmigo. Cada vez que miraba
la fuente me parecía que estaba más lejos. “¿Quién está empujando esa fuente?” le
preguntaba con no poca angustia a Bebeto. Y el se reía.
Y no pude más, tuve que hacerlo, lo confieso. Dejé de correr. Bebeto me miró
asustado. Debió creer que me iba a parar. Y no era eso. Necesitaba andar un poco
para reponerme. Pude andar unos 20 ó 30 pasos con zancada larga para no perder
el tono del todo. Nuevos ánimos de mis escoltas, y reemprendí el trote. Me sentía
mejor para atacar el último tramo.
Conseguimos llegara a la fuente y doblamos alrededor de ella. Apenas quedaban
ya 300 ó 400 metros. Eso y que al ser cuesta abajo, me alivió muchísimo. Bebeto
me propuso llegar a meta esprintando. Yo le sonreí porque pensaba que lo que
no había hecho hasta allí, no lo iba a arreglar ahora esprintando. “¿Puedes?
¿Te atreves?” me decía. “¡Venga!” le contesté. Empecé a darle más vidilla a mis
zancadas. No sé cómo lo hice, pero lo hice. Al verme hacer aquello, Bebeto me
animó más todavía. “¡Vamos! ¡Ahí, levantando esas rodillas, que tú puedes!
¡Que te vean llegar fresco como una rosa!”
Y recuerdo que le contesté “¡Venga! ¡Vamos a contar mentiras, tra-la- rá…!”
Y los tres nos pegamos un esprint de unos 200 metros para llegar a meta.
Unos metros antes de llegar, Bebeto me cogió la mano y
me la levantó en señal de triunfo para pasar así por debajo del arco de la meta.
¡Lo conseguímos, lo consiguieron, lo conseguí! No sé cómo decirlo, todavía
hoy no lo tengo claro. Abrazos de alegría nada más pasar la meta entre los tres
que nos fundimos en uno. Impresionante. No podía expresar mi agradecimiento
con palabras en ese momento.
Pasada la meta, José Luis y Bebeto siguieron preocupándose por mí no dejándome
ni llevar el chip al control de meta. Creo que hasta ellos fueron los que me desataron
el cordón de la zapatilla para sacar el chip. Ni para eso me quedaban fuerzas.
¡Increíbles los dos! ¡Vaya pareja!
“Ya has hecho lo más difícil, que es empezar” me decía Bebeto una y otra vez.
“Verás como a partir de ahora todo será más fácil.” Y sé que tiene razón. Al
menos quiero que la tenga. En esta carrera había muchos miedos y muchos
fantasmas que matar. Creo que sí, creo que ya están todos muertos.
Amigos Bebeto y José Luis, gracias. Por acompañarme, ilusionarme,
motivarme y alentarme. Sin vosotros no habría podido.
Sé positivamente que la próxima carrera será de otra forma. Lo sé.
Y una buena parte de ella, os la dedicaré a vosotros si es que no la
corréis conmigo.
Gracias, amigos.

No es mal balance el que puedo hacer del pasado mes
de Mayo. Ha sido más completo de lo que esperaba.
Atisbando al principio la posibilidad de un traspiés
que diera al traste con mis intenciones, pero sin
dejar aparcada del todo la ilusión por conseguirlo.
Aparte de las sesiones de entreno que me han ido
acercando a la hora completa de carrera contínua
- sin importarme de momento el promedio por
kilómetro -, de lo que más satisfecho estoy es
de haber podido acudir por primera vez a La Tapia.
Aunque sólo fueron unos minutos, al menos pude
palpar el ambiente que se respira allí.
Fue en la segunda Tapia de esta temporada. Espero
poder repetirlo pronto y ver si soy capaz de hacer
esos 16 kilómetros que todavía veo tan lejanos.
Tampoco puedo dejar en el olvido la reunión en
La Chana. ¡Cuánto tiempo sin ir por allí! Y lo
bien que me lo pasé conociendo a quienes no conocía
todavía Y volviendo a ver las caras conocidas
de antaño. Fue genial.
Tras esta carrera del Domingo espero que todo
siga saliendo como hasta ahora y que pronto
pueda ir empezando a pensar en empresas mayores.
Pero despacito. Porque despacito he empezado
y despacito pienso seguir. Con cautela y con
paso seguro.
Empecé con sesiones de poco más de 10 minutos
sin importarme las distancias. Luego he ido
pasando a fijarme en cómo me salían los kilómetros.
Flojitos, muy flojitos. Alternando recorridos
suaves con otros un pelín más exigentes que al
principio me colocaban en mi realidad, pero
que poco a poco he ido domando con mejores
resultados y mejores sensaciones.
No corro desde hace dos años. Tal vez algo más, pero vamos a dejarlo en dos años. En todo este tiempo no me han faltado motivos, ni personas a las que podría dedicarles un maratón si es que algún día lo corro.
42.195 metros, dan para mucho. Y por fuerza tiene que ser así.
Esa mañana, yo salía de trabajar apenas dos horas antes del pistoletazo de salida. Me había tocado hacer el turno de noche, y por mucho empeño que pusiera, difícil me iba a resultar estar presente en la tradicional sesión de fotos previa a la carrera, e incluso en la salida misma.
Tal vez si hubiera ido solo, hubiera hecho el esfuerzo, pero no era el caso. Mi hija pequeña, Miriam, de ocho añitos tenía ilusión por acompañarme a ver la carrera. Así me lo había dicho días antes. Creo que un poquito envenenada con todo esto la tengo ya. Todo lo que oye comentar a su padre acerca de las carreras populares, y la cantidad de amigos que se mueven en ellas y que tengo la fortuna de conocer, ha hecho mella en ella.
Creo que a esto se lo llama hacer doctrina. Y yo tengo la sensación de haberla hecho. Más adelante comentaré por qué.
Lo que tampoco podía hacer era someter a un madrugón a mi pequeña, que sabía que la noche anterior se había acostado tarde, ni hacerla pasar de cabo a rabo las cinco o seis horas que hubiera supuesto seguir el Maratón de un punto a otro durante toda la mañana del Domingo, máxime con el calor que sabíamos que iba a hacer. El resultado hubiera sido el contrario al que buscaba. Podría haber conseguido que terminara odiando las carreras populares y todo lo bueno de ellas que a mí me había oído contar tantas veces.
Yo me conformé con ver en casa la salida por televisión. Los dos años anteriores, debido a sendas operaciones de mi pie, también fueron así. Pero esta vez la diferencia estaba en eso, en que ahora podía verla con los dos pies en el suelo y no con uno de ellos en alto.
Las sensaciones fueron las mismas. Se me saltaban las lágrimas y no exagero. Sentí cómo se me erizaba la piel al ver aquello. Lo juro. Me sentí allí. Alí mismo, y con los que estabais allí. Y me alegré de ver que esto no ha cambiado por duros que hayan sido los tiempos para mí en el intervalo transcurrido desde que disfruté con vosotros de todo esto por última vez.
Ya levantada y lista Miriam, a eso de las diez de la mañana, con todos los preparativos listos, gorras, agua, cámara de fotos y un interesante folleto impreso, aportado por Pablo unos días antes en el foro, que hablaba sobre el recorrido del MAPOMA y su correspondencia con diferentes estaciones del Metro, nos pusimos en marcha. Hice mis cálculos y tras ver varias opciones, decidí que lo más adecuado era que nos situáramos en algún punto kilométrico donde nuestra presencia pudiera ser más motivadora para vuestras castigadas piernas y vuestros maltrechos cuerpos. Un kilómetro en el que ver una cara amiga, una cara conocida, pudiera ser aliciente para sentir ese subidón que tanto se puede necesitar a esas alturas de la carrera. ¿Y qué mejor punto que los cinco o seis últimos kilómetros?
Tras examinar el folleto de la carrera, decidí que un buen punto de encuentro podía ser donde estaban situados los kilómetros 36, 37. Esto era a la altura del Paseo de las Delicias. Salimos en la estación de Delicias y vimos a cuatro pasos el lugar por donde pasaba el Maratón. Miriam iba entusiasmada. Yo, no hace falta que diga cómo iba. Creo que hasta me temblaban las piernas.
Eran más o menos las 12 del mediodía para entonces. Nuestro Josero, “el joven Jedari”, ya había llegado a meta. Así de intratable es el amigo. Tengo entendido que llegó a meta pidiendo perdón. Llegó diciendo: “No, si yo no quería… Ha sido sin querer… Yo no salí a correr este Maratón para hacer este tiempo… Perdón, ha sido sin querer…”
Esto por supuesto es una broma mía, pero es lo que le comenté al bueno de Josero días más tarde por teléfono. Y sin embargo recordad que más o menos decía esto unos días antes. Decía que no iba al Maratón con pretensiones. ¡¡2:58 que se hizo el amigo!!¿Qué os parece? Sin querer. ¿Qué no hará cuando salga con pretensiones?
Mi pequeña aguantó como una heroína el paso del tiempo y de los corredores y los rigores del sol hasta ver la primera cara conocida. Entonces me di cuenta de lo curioso que es que los que corren, por increíble que parezca, tienen más fácil ver a los que les contemplan desde los márgenes del recorrido, que a nosotros los espectadores localizar a alguien que está corriendo. Con las dos primeras caras conocidas me pasó esto. Pero vamos por orden…
Nada más llegar allí, el ambiente me pudo. Cuando nos colocamos en la cinta que delimitaba la línea del público, intenté dar los primeros gritos de ánimo. No pude. Se me hizo un nudo en la garganta. ¡¡Y no conocía a nadie de los que veía!! Y aunque a mis ojos eran todos anónimos, todos y cada uno eran compañeros. Pero era increíble. Me vi incapaz de pronunciar palabra. Mis ojos sí que debían de hablar por sí solos. Y lo que sentía en el pecho, indescriptible. Sólo con mis palmas era capaz de dar rienda suelta a todo lo que bullía por mi interior. Aquello era maravilloso.
Pasado un buen rato ya pude reaccionar. Me hice oír. Y me alegro, porque era ese un punto bastante silencioso. Y eso me daba rabia. Miriam alucinaba con todo lo que veía.
Me decía: “Papá, ¿es que les conoces a todos?” Jajajaja… Yo me tenía que reír.
De pronto, pasados unos minutos, alguien se detiene delante de mis narices para saludarme. Era Miguel, mi compañero de trabajo. Mi mentor. El culpable de clavarme el aguijón para volver a este mundillo. Al menos para intentarlo. Sudando, sofocado, y haciéndome sentirme culpable por tenerle allí parado comentándome cómo le iba. Yo empujándole a seguir y él allí parado explicándome. Gracias Miguel. Tú me viste, no yo a ti. La verdad es que sin el uniforme, y vestido de atleta ganas mucho. Choque de manos y a seguir… Terminaría con 3:43. Sé que no es su tiempo, pero aquél calor le fundió los plomos. Como a muchos.
Sólo unos minutos después me volvió a ocurrirme lo mismo. Alguien se volvió a detener delante de mí… “¡¡Pepillo!!” ¡¡Era Pablo!! ¡¡Dios, qué emoción!! Choque de manos. Otra vez a sentirme culpable. Sé lo que puede ser pararse a hablar con semejante esfuerzo a las espaldas. ¡¡¡Qué detalle, te marcaste, Pablo!!! ¡Cómo me alegró verte y que me vieras!
Pablo terminó con 3:52:56. En palabras suyas, esos 4 segundos se los trabajó a fondo, jajaja… Seguro que sí.
Y seguían pasando corredores. La fiesta seguía su curso mientras oía sirenas que luego supe lo que eran. Luego supe de lo que había ocurrido a poco más de un kilómetro de allí. Una corredora había desfallecido necesitando atención médica. Unos días más tarde, por desgracia falleció en el H. Gregorio Marañón. Duro tributo por sentir esta afición. Cosas así no deberían ocurrir.
Pero volviendo a la carrera en sí y a aquellos momentos que vivimos mi hija y yo, pude ver cómo mi pequeña se iba integrando poco a poco cada vez más en la fiesta que era el paso de los corredores por donde estábamos. De pronto, ni corta ni perezosa, traspasó la línea del paso de carrera para extender su mano y chocarla con todo aquél que pasaba cerca de ella. Era gracioso verla porque los había que se desviaban un poco con tal de chocar su mano con la de Miriam. Aquél gesto simpático de ella me emocionó y mucho. De esto, hay unas cuantas fotografías que dan testimonio de esos momentos. Tan pronto las tenga colocadas por algún sitio, avisaré de ello.
A eso de la una de la tarde, cuatro horas después de iniciarse la carrera, volvió a producirse el milagro de que me vieran a mí antes que yo a alguien de los que corrían. Oí que alguien me decía: “¡Pepe! ¿Qué tal? Mira, ahí viene la loca…” No era otro que mister Krismaran, que señalando para atrás y sonriendo, me indicó por dónde venía Sylvie. Ahí estaban los dos separados por apenas unos metros. Saludé a ambos y ahí empezó mi locura. No sabía con quién de los dos compartir unos metros de trote. En un momento, lo resolví. Miriam tomó de la mano a Sylvie y fue con ella. Sor sonrisa, estaba como siempre: feliz. Se la ve siempre eternamente feliz. Y su felicidad es contagiosa. Iba escoltada por alguien más pero no supe reconocer a nadie. Que me perdonen.
Yo, me escapé con Krismaran por delante y pude compartir con el unas cuantas zancadas. Pudieron ser unos doscientos metros, tal vez algo más. Pero hubiera podido seguir muchos más. Hablamos un poco y en esto que oí los gritos de Sylvie llamándome la atención por Miriam que iba tan contenta. Tenía miedo de que la pobre no pudiera correr por más tiempo. Entonces me paré y me di la vuelta para recoger a Miriam que estaba disfrutando como nunca. No creía que iba a aguantar tanto. Tiempo después me ha demostrado lo que puede aguantar, pero eso es otra historia.
“Pobrecita, que va a terminar reventada” me regañaba Sylvie. Abracé a Miriam y ya me despedí de ellos y los dejé marchar. Con envidia, con rabia, pero contento. Muy contento por haber conseguido verles.
Unos minutos después, el caso fue distinto. Fui yo quien vio y reconoció a alguien por una vez. Ni más ni menos que a Eva. Su nick creo recordar que era Evaruner. Pletórica como siempre. Esta mujer es nacida para correr. Me acuerdo que en tiempos, era rara la carrera en la que no corría ella. Se apuntaba a un bombardeo esta mujer.
Pude saludarla y se detuvo un poco para estirar. Tenía mucha necesidad de ello.
¡Eva, qué bien te vi! Otra que va con la sonrisa permanente sufra lo que sufra. Espero verte en otras.
Después de eso nos quedamos por allí un rato. Tomé una foto del IPOD que un espontáneo sacó a la calle con un alargador desde su balcón y lo colocó encima del techo de un coche. Entonaba ese “Aleluya” que ponía los pelos de punta al más pintado. Unos minutos después nos fuimos al Metro para trasladarnos al Retiro a ver lo que pudiera y dudando mucho de encontrarnos con alguien conocido. Miriam, tengo que decirlo otra vez, iba contentísima. Y yo por verla así, también.
Cuando llegamos al Retiro aquello ya estaba tocando a su fin. Como suponía no nos encontramos a nadie conocido, ni tenía posibilidad de contactar con nadie porque no llevaba el teléfono.
Sonreí pensando que aquél era vuestro momento. El de disfrutar de haberlo conseguido y me imaginé cómo debíais de estar pasándolo. Tuvimos la oportunidad de ver llegar a Meta a alguien que creo que llamaban el abuelo de MAPOMA. Un hombre que ha corrido las 31 ediciones de MAPOMA. Llevaba una camiseta con el dorsal 30 por los 30 MAPOMAS que llevaba a sus espaldas. ¡Qué ejemplo! Me dejé las manos aplaudiéndole.
Y ya sólo un paseíllo por el Retiro y llevar a Miriam a alguno de los parques de juegos que hay allí. Se lo merecía. Merecía disfrutar ella un rato con sus juegos.
Luego nos fuimos a casa. Ella feliz por acompañarme y ver aquello, y yo feliz de haberlo visto y que ella estuviera allí conmigo para verlo. Se lo pasó bien.
Hay otras muchas sensaciones de aquél día que no tengo más remedio que dejar en el tintero, porque es imposible describirlas y no quiero someter a nadie a pasar más rato leyendo esta crónica. Todos sabéis de sobra de las cosas de las que hablo. Y ahora… a soñar… a soñar de nuevo con ese MAPOMA. Esta vez es el MAPOMA 2009. Tan lejos y tan cerca. A soñar con él… ¡¡¡Voy a por ti, MAPOMA 2009!!!
Un abrazo para todos los que pude ver y para los que no.
¡Qué buena jornada pasé! (¡Pasamos!) ¡Gracias a todos, campeones! ¡Y enhorabuena!
MIS FOTOGRAFÍAS DE MAPOMA 2008 ESTÁN DISPONIBLES EN:
http://pepemillas-lucesysombras.blogspot.com/

La crónica está en el horno.
A la marcha que va, promete ser un ladrillazo, advierto.
Tan pronto como la tenga lista, aquí estará.
Como aperitivo, valga esta foto. Seguro que Krismaran
recuerda este momento. Por lo que le oí decir,el Aleluya
os persiguió por todo el Maratón. Este fue uno de los
Aleluyas que pudísteis oir esa mañana. Allí estaba yo
para inmortalizarlo.
Abrazos.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/