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Pepemillas La Locomotora de Moratalaz

Mi tio Pepe o el origen de una afición

Mi tio Pepe o el origen de una afición
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Si no me creéis, os puedo decir que bastó con el intento que hizo de bajar por la fachada de casa por un canalón de uralita, creo que desde un tercer piso. Ni que decir tiene, que el canalón no aguantó el peso y se hizo añicos. El borde afilado de los fragmentos y la caída en sí desde esa altura, propiciaron que con el tiempo luciera en su cuerpo más cicatrices que un torero.


Cómo por edad yo no viví aquel episodio, porque mi hermano me llevaba once años de diferencia, no se puede decir que aquello me sirviera de ejemplo. O sea que fui autodidacta. Mi hermana si que lo vivió de cerca. Ese, y otros episodios como ese. Sin embargo yo, era apenas un bebé o poco más que eso.


¿Alguien quiere que cuente una de mi hermano? Lo siento, pero no me resisto a no hacerlo. Esto también lo sé de oídas porque no lo viví, pero lo contaré igual.


Un buen día, se presentó en casa una madre con su hijo de la mano. Hasta aquí todo bien ¿no? Sí, todo bien de no ser porque el niño iba perfectamente pintado con brocha gorda con pintura negra. Todo él. Desde el pelo hasta la punta de los pies. Todo. Pelo, piel, ropa, zapatos... No sé bien qué dijo mi madre cuando abrió la puerta y vio aquello. No sé si dijo: ¿Qué es esto? O ¿Pero qué ha pasado? O si echándose las manos a la cabeza pegó un grito. En cualquier caso no tardó en imaginarse, eso seguro, que mi hermano tenía algo que ver con lo que había pasado.


“¡Mira lo que ha hecho tu hijo!” -, dijo la madre del niño confirmando tal vez las sospechas de la mía. Sí, tal vez antes de oír esto, mi madre imaginó que mi hermano tenía algo que ver en todo aquello.


Cuando le echó el guante y le pidió explicaciones sobre lo que había hecho, mi hermano fue rotundo: “Es que estaba jugando a los angelitos negros”.


Y era verdad. “No hizo” nada malo. Se limitó a llevar a la práctica la canción de Antonio Machín, que en aquella época debió de tener mucho éxito. La canción no era otra que “Angelitos Negros”.


Un “angelito” también mi hermano que en paz descanse, como se puede ver. Pero bueno, basta ya. Cualquiera podría pensar a estas alturas que esto no es otra cosa que una autobiografía, y de verdad que no era esa mi intención. Lo que hasta aquí habéis leído, ha surgido por sí solo como una sucesión de hechos encadenados. Por lo tanto, humildemente pido disculpas por no haber sabido resistirme a ir saltando de una cosa a otra.
De lo que yo quería hablar es de mi tío Pepe. El tío que hoy, es cuando me doy cuenta de que me marcó más de lo que yo pensaba.


Mi tío Pepe, casado con mi tía Agustina, hermana de mi padre, era Marino profesional. Un auténtico lobo de mar y orgullo de la Armada española, como persona y como profesional. Un tío, que como ya he dicho tenía más vocación de abuelo que de tío, sobre todo por el modo de cobijarme en sus rodillas y contarme bonitas historias del mar. Y bien que lamento a día de hoy no recordar textualmente ninguna de ellas. Era muy pequeño. Pero estoy seguro de que muchas de ellas subyacen muy en mi interior, y que seguramente también son la base de las historias que de vez en cuando se me ocurren y con las que me sorprendo a mí mismo.


Por entonces, yo no era un niño muy apegado a la televisión. Al menos no lo recuerdo. Creo que prefería las rodillas de mi tío Pepe, las recias pero cariñosas manos con las que me sujetaba, las bromas que siempre me gastaba y las historias que me contaba. Me quedaba literalmente embobado escuchándole.


Tengo que volver a lamentarlo: ¡¡Cuánto siento no recordar aquellas historias que me contaba mi tío Pepe!!. Adornadas siempre con aquella su voz profunda, me cautivaban hasta lo indecible. Aquello era una buena forma de tenerme alejado de toda gamberrada posible. En esos momentos, yo no quería hacer otra cosa que escucharle.


¡Mi tío Pepe! Un hombre bueno, un hombre integro donde los haya, del que no recuerdo un solo enfado ni nada que no fuera una palabra amable para con todo el mundo.


Tenía una costumbre conmigo aparte de aquella de contarme historias. Bueno, realmente tenía dos, que sin esforzarme lo más mínimo, acuden a mi memoria. Y es que hay cosas que se quedan marcadas para toda la vida. Y las bromas que me gastaba jugando con su dentadura postiza y haciendo muecas imposibles, tal vez con más intención de hacerme reír, más que de asustarme, eran memorables. Entrañables, diría yo.


Si asustarme era lo que pretendía, nunca lo consiguió. Yo sólo sabía reírme con aquello. Me reía hasta dolerme las tripas. Yo no debía de tener mucha conciencia de lo que podía ser una dentadura postiza y tal vez por eso no lo veía en él como algo que pudiera asustar. Nunca se cansaba de hacerlo conmigo. Bastaba que le dijera: “Tío Pepe, haz eso, ponte feo”, y él ya sabía a que me refería. Se sacaba la dentadura postiza y hacía mil y una muecas inimaginables.


Era él regordete, de cara amable y poseía una considerable papada. Aquello le permitía una plasticidad de gestos inagotables. Yo, me moría de la risa y entonces él, para rematar la faena, me atenazaba con sus fuertes brazos, y con sus robustas manos me cosía a cosquillas. Yo, ni tenía escapatoria ni quería escapar.

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