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Pepemillas La Locomotora de Moratalaz

Mi tío Pepe o el origen de una afición

Mi tío Pepe o el origen de una afición
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El otro recuerdo al que me refería, era la costumbre que tenía de darme una moneda de cinco pesetas para ir a montar en los caballitos de la Plaza. ¿O quizá fuera un Paseo? En cualquier caso, estaba cerca del Paseo marítimo. Desde allí veía pasar a menudo un tren que echaba un espeso humo por su chimenea. Un humo a veces blanco como las nubes, y a veces negro como el azabache.


¿Lo veis? Me ha vuelto ha ocurrir. Hablando de una cosa surge otra. Ahora me ha venido a la memoria otro recuerdo. El recuerdo de un peligroso juego con el que mis amigos y yo aprovechábamos el paso de aquel tren. No se nos ocurría otra cosa mejor que poner monedas de una peseta o céntimos en la vía para ver cual era la que quedaba más deformada al paso de las ruedas de aquel tren.


Muy peligroso el jueguecito, ¿no os parece? ¡Qué inconsciencia! Gracias a Dios, nunca nos ocurrió nada ni a mis amigos ni a mí. Solo nos preocupaba la moneda más aplastada, que al final sería la que daría la victoria a su propietario.


¡Dios! ¡Que locura! Me recorre un escalofrío sólo pensarlo ahora... Pero volviendo a lo de las cinco pesetas, eso quizá sea algo que de cara a quienes sean más jóvenes que yo, les haga gracia. ¡Cinco pesetas para montar a los caballitos! ¡Imposible! ¿Pero de que eran los caballitos? ¿De cartón? Pues no. Eran unos bonitos caballos de madera, adornados de bonitos y llamativos colores que había en un tiovivo. Un tiovivo de los de toda la vida. De los que hoy siguen volviendo locos a los niños como mi hija Miriam de tres añitos o a mi hija Ana Isabel de diez, que aunque ya prefiere emociones más fuertes como puedan ser las montañas rusas, no le hace ascos a montarse en un tiovivo con su hermana si se le presenta la oportunidad.


Sigo hablando de las cinco pesetas. Tal vez les haga gracia a los que sean más jóvenes que yo, saber que no era la moneda de cinco pesetas que ellos han conocido. Sin embargo, a los que como yo pasen de los cuarenta, se les encenderá una chispita de nostalgia al recordar aquella moneda grandota de cinco pesetas. Una moneda que era tan grande o más que la que años después fuera la moneda de cincuenta pesetas.


Amigos, es que entonces cinco pesetas, eran cinco pesetas. ¿Alguien se puede imaginar que la peseta estuvo una vez, a la par del dólar? Pues sí. Una peseta, un dólar. ¡No, eso yo no lo he conocido! Pero lo sé.


Aquellas cinco pesetas daban para mucho, y no siempre me las gastaba en los caballitos. Otras veces me daba por comprar unos cucuruchos de bígaros en las puertas de la calle. Los comía con verdadera fruición con la ayuda de un alfiler. ¡Estaban buenísimos! ¡Os lo puedo asegurar! Raro vicio el mío, ¿no? Ahora, los niños compran “chuches” y golosinas... ¡Pero a mí me encantaban los bígaros!


Sin embargo, había también unos juguetes que a mí me chiflaban. Eran unos desmontables de plástico que se vendían en sobres cerrados de papel, y que yo coleccionaba. ¿Adivináis que clase de juguetes eran? ¿Coches? No. ¿Aviones? No. ¿Soldaditos? No, tampoco eran soldaditos. ¡Eran barcos!


Llegué a tener una flota entera de ellos. Barcos y submarinos. Con ellos jugaba después en todas partes. En la playa, en las fuentes, en los charcos, y hasta en la propia bañera de casa.


Esta afición me persiguió durante años, porque recuerdo que con unos pocos años más, unos diez, ya aquí en Madrid, mi abuela materna me llenaba un barreño de plástico con agua. En la mesa de la cocina, mientras ella hacía sus galletas en el horno – era una estupenda e infatigable repostera, dicho sea de paso -, con el sonido de las radionovelas de Matilde Vilariño de fondo, yo me montaba mis aventuras marinas y submarinas. Barcos, submarinos y algún que otro Madelman de los que hoy pretenden resucitar, eran los protagonistas de aquellas aventuras.


Pido disculpas de nuevo, porque de nuevo he vuelto a derrapar. He vuelto a irme por los Cerros de Úbeda. Vuelvo a mi tío Pepe que es lo que me ha traído aquí. Si bien no recuerdo las historias que me contaba, como ya he dicho, hay un episodio de su vida que sí recuerdo con bastante claridad. Y es un episodio cierto, no una de las tantas historias que me contaba. Historias que tal vez hablaban de serpientes marinas de siete cabezas.


No, esto que voy a contar fue un hecho cierto. Y prueba de ello, era el correspondiente certificado enmarcado y colgado en una pared de casa, que daba fe del mismo.


Siendo Oficial de la Armada –lo siento, no recuerdo en que grado- y estando al mando de un buque. Tampoco sé a ciencia cierta de qué tipo, si fragata, navío o cual pudo ser, el caso es que en plena Segunda Guerra Mundial, un buque alemán había sido torpedeado y hundido por las Fuerzas Navales Aliadas. Un buen número de marinos alemanes quedaron a la deriva en altamar.

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